Siempre me ha parecido que los
intentos por parte de los políticos de ”regular”
el derecho de huelga o de manifestación, responde a un perfil de pensamiento
fascista en el que no se admite la crítica, y en el que se pretende por encima
de todo restar poder a los colectivos, para no tener que rendir cuentas de sus
chanchullos.
Creo que ante una situación como
la que estamos viviendo, tenemos todo el derecho a pataleta, a mostrar nuestro
descontento, a presionar al que está (teóricamente) legitimado para tomar las
decisiones a fin de que considere nuestras demandas a la hora de hacerlo.
Pero, también creo que las cosas
hay que hacerlas bien.
Hace algún tiempo leía (no
recuerdo dónde) un post donde alguien vinculado a o simpatizante con las iniciativas
de rodear el congreso hacía reflexión sobre los errores cometidos en las
manifestaciones, el tipo de errores que después se utilizan como pretexto por
la policía, las autoridades y la propia prensa para desautorizar el fenómeno de
movilización ciudadana. Hay que manifestarse, sí (y más que deberíamos), pero
hay que usar la cabeza.
Este rollo viene a lo siguiente. En
las puertas de mi oficina se vienen manifestando desde hace un par de días, un
sector de empleados públicos a los que se les ha hecho una rebaja del 20% de su
sueldo (lo cual es una putada garrafal, pero ese no es el tema). Trabajar en un
edificio de la administración tiene esas cosas, que sueles ser punto de
encuentro de manifestantes propios y ajenos. Por la proximidad con los
responsables de educación, cada pocos meses tenemos universitarios o chicos de
instituto apoyados en nuestra cristalera (trabajo en una pecera que da a la
calle), o profesores de colegio haciendo desfilar a sus alumnos con pancartas,
pitadas, y gritos. Pero hasta ahora nunca me había molestado. ¿Por qué?
Porque era gente que salía de su
centro, hacía un recorrido, llegaba aquí, coreaban un rato, gritaban, aplaudían,
leían su manifiesto y se iban. A veces estaban por unas horas, otras veces
durante la mañana completa. Nada del otro mundo.
Pero los de estos días han
montado una manifestación virtual, han colocado casetas de campaña, en las que
no duerme nadie (algunas están rellenas con palets y otras estructuras para que
le den volumen), tienen colocado un altavoz al que conectan una grabación en la
que se repite una consigna ininteligible en bucle durante horas, y tienen megáfonos
con efectos de sonido. Y son cuatro gatos, incluyendo un sindicalista liberado
que nada mejor tiene que hacer.
Y qué quieres que te diga, me están
dando por saco. Primero porque desde las 8 de la mañana están con la sirena
puesta, segundo porque están mintiendo. Han montado todo el tinglado para
conseguir una foto impactante que con el titular adecuado haga parecer que están
tomando medidas a la desesperada. Y no es así, estarán desesperados (no lo niego) pero están montando un paripé.
Tercero porque con esta
manifestación que tan poco esfuerzo les está costando, lo que están haciendo es
jodernos al resto de compañeros, y los que tendrían que recibir su mensaje, ni
se enteran.
Nosotros estuvimos meses yendo a
montar una cacerolada en frente del edificio de presidencia de gobierno. Y sí, estábamos molestando en igual grado a los trabajadores que tienen allí su
puesto. Pero eran 15 minutos de reloj, todos los días a la misma hora, y
después sólo los viernes. Molesto, seguro, puntual también.
No sé si mis argumentos resultan
contradictorios. La medida es injusta, y además hay mayoría de personal con sueldo
bastante modesto, por lo que esa reducción (20%) es una mina en sus economías personales.
Estoy de acuerdo en que nuestro gobierno debería buscar otras soluciones que no
siga siendo reducir de forma crónica el capítulo de personal. La salida a la
luz de casos de corrupción millonaria pone manifiesto que dinero sí hay, pero
está en la cuenta bancaria incorrecta.
Pero me parece que esta
manifestación “virtual” no tiene sentido, al menos tal y como está planteada. No
seré yo quien intente mover los hilos para que se les impida manifestarse,
porque están en todo su derecho. Critico las formas.
Y no sólo porque me estén dando
dolor de cabeza, sino porque a la larga es contraproducente. Sí con el ángulo
correcto y un poco de preparación se puede sacar una foto en la que parezcan
desahuciados sin esperanza, con el ángulo contrario se puede sacar lo falso que
resulta todo, y eso haría perder credibilidad no sólo a los supuestos
manifestantes (nunca he visto más de 10 personas en el entorno del campamento),
sino a las movilizaciones en sí.
Y vosotros, desde muy afuera,
¿cómo lo veis?
Que la mierda de Transilmonio no caiga sobre tí, Amén.


